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Hace años atrás, viajando en tren desde mi casa hacia la facultad, me puse a escuchar una conversación ajena entre dos personas anónimas para mí. Sé que hablaban de viajes y quedó grabado en mi mente lo que una de ellas dijo: “tengo pendiente andar en La Trochita”. Y ese nombre quedó en mi cabeza dando vueltas sin saber exactamente qué era.

“La Trochita”, me encantó su nombre. Me sonaba desafiante sin saber de qué se trataba. Investigué y descubrí que era el nombre de un tren antiguo y que aún funcionaba. Y que le decían así porque lo habían construido con una trocha muy angosta de apenas 75 cm. Averigüé dónde estaba y cómo llegar. Me obsesionó su nombre y su historia y pronto se convirtió en uno de los tantos objetivos que tenía que cumplir en mi vida viajera: yo también tenía que andar en el Viejo Expreso Patagónico. 

Me adelanto al final de esta historia: logré cumplir mi objetivo. Y eso no es algo que me sorprenda porque todo lo que me propongo, tarde o temprano lo logro. 

Sin embargo, lo que sí me sorprendió fue todo lo que descubrí alrededor de ese maravilloso lugar desde donde partía ese tren patagónico: la Ciudad de Esquel, en la Provincia de Chubut y todo el contexto. Como disponía de poco tiempo, recorrí la zona en un viaje express de tan solo 3 días, que fueron suficientes para enamorarme de ese lugar y guardar hermosos recuerdos.

Como viajero y observador, Esquel me pareció un lugar sumamente agradable. Es una ciudad pequeña con alma de pueblo, paz y tranquilidad. Un lugar donde todos se conocen y se saludan. Es una ciudad que crece y en la que todos sus habitantes están de acuerdo en algo: la siesta es sagrada. Vale la pena caminarla, disfrutarla y hablar con la gente del lugar.

El primer día hice una caminata hasta la Laguna Zeta, subiendo por un sendero que me iba dando una vista cada vez más linda de toda la ciudad y sus montañas de fondo. Fue una tarde maravillosa, donde solo se escuchaba el viento, mis pasos y algunas aves dando vueltas por ahí. No dejaba de sorprenderme por los colores contrastantes del lugar. Y a modo de bienvenida, en un momento de silencio mirando la laguna, escucho a lo lejos un ruido extraño, acercándose. A los pocos minutos, aparecieron un montón de caballos cabalgando que me dejaron tomar una de las fotos que más me gustaron de este viaje:

Al día siguiente, salí bien temprano para conocer el Parque Nacional Los Alerces. Realmente quedé maravillado por ese lugar lleno de árboles y bosques, lagunas, ríos y arroyos con agua color esmeralda. Para donde miraba, todo era maravilloso. Alerces enormes que forman bosques increíbles, llenos de aire puro y silencios que te atrapan formando una especie de laberinto del cual no quería salir nunca más. Cada sendero, cada mirador, cada paso que iba dando era una nueva sorpresa. Árboles cuyos troncos delataban cientos y cientos de años de vida en un equilibrio natural realmente admirable y armonioso. Los viajeros de alma amamos esos lugares sin gente y donde te podes encontrar con la naturaleza, ver toda su magnitud y sentirte pequeño.

Y así llegó el día esperado. Fui a la estación de Esquel, saqué mi pasaje y cumplí ese sueño de andar en La Trochita. Fue como viajar en el tiempo: ver los preparativos, los trabajadores con uniforme, la locomotora que se acercaba dejando nubes de vapor, la campana de la estación avisando la partida y el silbato del guarda, los vagones de madera, los paisajes tan maravillosos, el sonido de las ruedas desplazándose por esos rieles angostos, el crujir de las maderas, el viento entrando por las ventanas. Todo el recorrido fue maravilloso, desde la salida de la estación Esquel hasta la llegada a Nahuelpan y su regreso posterior.

El último día visité Trevelin, un pequeño pueblo fundado y habitado por inmigrantes galeses, con estilo y prolijidad que los caracteriza. Un lugar hermoso por donde lo mires. Lleno de historias de sus primeros pobladores, donde cada habitante te cuenta orgulloso su descendencia y sus costumbres familiares que aún hoy conservan intactas. Luego de recorrer el pueblo, suspendí mi dieta y me gratifiqué tomando un increíble té acompañado con diferentes tortas y dulces galeses, panes caseros, con sus recetas secretas y atendido con esa pasión como si hubiera sido el primer visitante del lugar. 

Me quedó pendiente conocer el Cañón de la Buitrera y la famosa Piedra Parada, lo que me sirve como una excelente excusa para volver a esta hermosa ciudad patagónica y eso es lo voy a hacer próximamente. Uno siempre vuelve a los lugares donde fue feliz. 

No lo dudes, armá tu valija y andá a conocer y explorar este maravilloso lugar. No vas a dejar de sorprenderte. Mientras tanto, yo voy a seguir escuchando conversaciones ajenas ya que ellas son una fuente de inspiración para nuevas ideas y desafíos para mi vida. Gracias a mi curiosidad conocí Esquel, anduve en la Trochita y pude escribir este pequeño relato de viaje ¡Nos vemos en mi próxima aventura!

Marcelo Edelstein.

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